Son las cinco de la tarde; para mí, la hora más bella del día. Desde mi ventana, el tiempo parece detenerse. La lenta luz se disuelve en oro sobre los cafetales, las laderas, los tejados y la calma de los pueblos. El horizonte lo trazan los picos de las montañas, que cincelan los bordes de ese otro mar inmenso e inverso que nos cobija.
Cuando el sol comienza a ocultarse detrás de la cordillera, una caravana de colores cruza el cielo: naranjas ardientes, violetas suaves y pinceladas de rojo escarlata tiñen la nostalgia del atardecer. La luz entera se demora en su caricia. A veces el firmamento resplandece en un despliegue de tonos vibrantes, que se derraman sin prisa: los naranjas se funden con rosas pálidos, y luego los púrpuras arropan las cimas. Este sortilegio ocurre aquí, donde los Andes definen la columna de América, y el Quindío encuentra nido entre vértebras de niebla y azahares.

En el campo un aroma a café, a tierra húmeda y a cortezas impregna el ambiente. Esta fragancia no necesita cristales para perdurar. Sentimos entonces la fragilidad del árbol deshecho en polvo y ausencias. Un vuelo de garzas puntual y simétrico cruza el aire con su bandera blanca, van en busca de la ceiba donde ensayaron y aprendieron el milagro de sus alas. Y cierran los ojos cuando el atardecer se clausura.
En ocasiones, las cumbres rebosan de azul. Quizás conservan la memoria del océano que fueron en las nebulosas edades de la Tierra, cuando todo era agua, el planeta apenas soñaba con su forma y el Espíritu de Dios flotaba en las alturas. Tal vez por eso, ante lo sublime, algo profundo se aquieta en el pecho, y recordamos que venimos de ese líquido precioso, de la energía y del misterio.
Somos seres espirituales, razón por la cual precisamos rodearnos de naturaleza, para resistir los embates de la vida y retener lo esencial, eso que gravita en la hondura de nuestro ser: el principio, la quietud y el sosiego. Por eso regresamos al Quindío, a los instantes de contemplación, al atardecer, que no es capaz de sanar las heridas del mundo, pero sí de colmar de serenidad el alma. Cada puesta de sol es distinta; no obstante, todas tienen algo sagrado que conmueve y se repite, aun en invierno detrás de los visillos de lluvia.
Suelo caminar a las cinco de la tarde, ahora sin la compañía de mi perro, que ya partió y cuyo recuerdo e imagen llevo conmigo. Jamás olvidaré su carita pintada de polen al final del día, tampoco la queja de las hojas secas a nuestro paso. Y en cada recorrido vuelvo a maravillarme con la luz indescifrable de este corazón de Colombia y con los verdes escalonados de los guaduales, que ordenan el paisaje en el mismo espejo.Esperanza Jaramillo
